West Palm Beach - Durante una tarde reciente, Samuel Henry Hairston III levantaba con su bastón las hojas secas en su jardín de mariposas, y a su vez admiraba las altas palmas que ha visto crecer desde que sembró las semillas hace casi 30 años.
Las plantas son una de sus pasiones, explica Hairston mientras camina hacia el lado derecho de su casa cerca del barrio Northwood en el norte de la ciudad. En el patio, un inmenso árbol de aguacate es el centro de un ilimitado número de flores y otras plantas nativas que hasta ahora han sobrevivido los violentos vientos de los huracanes.
Pero entre bromelias y árboles frutales, Hairston no puede ignorar la evidencia de otra de sus pasiones, una que ha logrado transformar a su manera la vida de este hombre al igual que la forma en que se relaciona con su comunidad.
En cada esquina, contra la pared o encima del césped, decenas de bicicletas se amontonan una encima de la otra, a la espera de que la mano de Hairston las convierta en métodos útiles de transporte.
Una en particular, la Huffy rosada y azul con una llanta negra y la otra blanca, tiene su historia.
"Esta la donaron los padres de una niña que ya no la usa. Los padres son ciegos, y me explicaron que es un tanto difícil escoger una llanta blanca cuando se es ciego", dijo Hairston sonriendo, su forma de indicar que anécdotas como ésta muchas veces acompañan a cada bicicleta que llega a sus manos.
Hairston, de 65 años, repara bicicletas viejas o con falta de mantenimiento para luego donarlas a niños necesitados y trabajadores que las usan para ir de un lado a otro.
La mayoría de las bicicletas son donadas por personas que conocen a Hairston y su labor comunitaria, mientras otras llegan a sus manos para el mantenimiento rutinario de frenos y de llantas.
Para Hairston, las ganancias no son monetarias. Es más, a veces hasta tiene que sacar de su bolsillo para seguir arreglando las bicicletas.